1 (CAP. 58) Al maestro de coro; con la melodía de «No destruyas». Poema de David, cuando Saúl mandó vigilar su casa para matarlo. 2 Dios mío, líbrame de mis enemigos, protégeme de mis agresores; 3 líbrame de los malhechores, sálvame de los hombres sanguinarios. 4 Mira cómo me están acechando, los poderosos conspiran contra mí, sin que haya en mí, oh Señor, crimen ni pecado; 5 sin que yo tenga culpa, corren y se preparan para atacarme. Despierta, ven a mi encuentro y mira, 6 pues tú eres el Señor, Dios todopoderoso, Dios de Israel: levántate para castigar a todas las naciones, no tengas piedad de los pérfidos traidores. 7 Regresan al anochecer, aúllan como perros, rondan por la ciudad. 8 Mira lo que dicen con su boca, como si sus labios fueran espadas: «¿Acaso nos oye alguien?» 9 Pero tú, Señor, te ríes de ellos, te burlas de todas las naciones. 10 Fuerza mía, en ti espero, porque tú, Dios mío, eres mi fortaleza. 11 El Dios fiel vendrá a mi encuentro, y me hará ver la derrota de mis adversarios. 12 No los mates, no sea que mi pueblo olvide; pero dispérsalos y humíllalos con tu poder, tú, Señor, que eres nuestro escudo. 13 Queden apresados en su orgullo, en el pecado de su boca, en la palabra de sus labios, en las maldiciones y mentiras que profieren. 14 Destrúyelos con tu enojo, destrúyelos sin dejar rastro de ellos, y que se sepa que Dios gobierna en Jacob y en toda la tierra. 15 Regresan al anochecer, aúllan como perros, rondan por la ciudad, 16 andan errantes buscando comida; hasta que no se sacian, siguen gruñendo. 17 Yo, en cambio, alabo tu fuerza, desde la mañana celebro tu amor porque tú has sido mi fortaleza, mi refugio cuando estaba angustiado. 18 Para ti, fuerza mía, tocaré, porque tú eres mi fortaleza, Dios fiel.