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Deuteronomio 9 - Español - Biblia de América 1994 - Bible.is - SPNBDA

  1  Escucha, Israel, hoy vas a cruzar el Jordán para ir a conquistar naciones más grandes y fuertes que tú, ciudades grandes y fortificadas hasta el cielo,   2  un pueblo poderoso y de alta estatura, los descendientes de los anaquitas, que ya conoces y de los cuales has oído decir: ¿Quién podrá resistir ante los hijos de Anac?   3  Has de saber desde hoy que el Señor tu Dios cruzará él mismo ante ti como fuego devorador; él los exterminará y los derrotará ante ti. Tú los despojarás y los aniquilarás rápidamente, como te ha dicho el Señor.   4  Cuando el Señor tu Dios los haya expulsado de tu presencia, no pienses en tu interior: Por mis méritos me ha traído el Señor a tomar posesión de esta tierra, y por los pecados de esas naciones las expulsa el Señor de tu presencia.   5  No vas a tomar posesión de esas tierras por tus méritos ni por tu rectitud, sino que debido a la maldad de esas naciones el Señor tu Dios las expulsa de tu presencia; y también para cumplir el juramento que el Señor hizo a tus antepasados, a Abrahán, Isaac y Jacob.   6  Reconoce, pues, que el Señor tu Dios no te da esa tierra buena en posesión debido a tus méritos, porque eres un pueblo terco.   7  Recuerda y no olvides cómo irritaste al Señor tu Dios en el desierto. Desde el día en que saliste del país de Egipto hasta que ustedes llegaron a este lugar han sido rebeldes al Señor.   8  Ya en Horeb irritaron al Señor, y el Señor se enfureció contra ustedes hasta querer destruirlos,   9  cuando yo había subido a la montaña para recibir las tablas de piedra, las tablas de la alianza que el Señor establecía con ustedes, y permanecí en la montaña cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber.   10  El Señor me dio entonces las dos tablas de piedra escritas por el dedo de Dios; en ellas estaban todas las palabras que el Señor les dijo en la montaña, en medio del fuego, el día de la asamblea.   11  Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, el Señor me dio las dos tablas de piedra, las tablas de la alianza,   12  y me dijo: «Levántate y baja en seguida de aquí, porque tu pueblo, el que sacaste de Egipto, se ha pervertido. Pronto han abandonado el camino que yo les señalé y se han hecho un ídolo de metal fundido».   13  Y añadió el Señor: «He visto que este pueblo es un pueblo terco;   14  déjame, voy a aniquilarlo, borraré su nombre de la tierra, y haré de ti una nación más fuerte y numerosa que ese pueblo».   15  Entonces yo bajé de allí con las tablas de la alianza en mis manos y regresé mientras la montaña ardía en llamas.   16  Y cuando vi que, efectivamente, habían pecado contra el Señor su Dios, que se habían hecho un becerro de metal fundido, abandonando bien pronto el camino que les señaló el Señor,   17  tomé las dos tablas, las tiré con mis manos y las rompí ante sus propios ojos.   18  Luego me postré ante el Señor, como la primera vez, y estuve cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber, a causa del pecado que ustedes habían cometido, desagradando al Señor hasta el punto de irritarlo.   19  Tenía miedo de la ira y el furor que el Señor desató contra ustedes hasta el punto de querer exterminarlos; pero el Señor me escuchó una vez más.   20  También contra Aarón se enfureció mucho el Señor, hasta querer exterminarlo, y yo intercedí también por Aarón en aquella ocasión.   21  Tomé su pecado, el becerro que se habían hecho, y lo eché al fuego, lo molí completamente hasta reducirlo a polvo y lo tiré en el agua del torrente que bajaba de la montaña.   22  En Taberá, en Masá y en Quibrot Hatavá provocaron también la ira del Señor.   23  Y cuando el Señor, en Cadés Barnea, les dio esta orden: «Suban y tomen posesión de la tierra que les he dado», ustedes fueron rebeldes a la orden del Señor su Dios, no le creyeron ni obedecieron su voz.   24  Han sido rebeldes al Señor desde el día en que los conocí.   25  Yo me postré ante el Señor y estuve postrado cuarenta días y cuarenta noches, pues el Señor pensaba destruirlos.   26  Entonces oré al Señor diciendo: Señor Dios, no destruyas a tu pueblo, a la heredad que has rescatado con tu poder y que sacaste de Egipto con mano fuerte.   27  Acuérdate de tus siervos Abrahán, Isaac y Jacob. No mires el corazón rebelde de este pueblo ni su perversidad ni su pecado,   28  no sea que digan en la tierra de la que nos has sacado: «El Señor no ha podido llevarlos hasta la tierra que les había prometido. Los ha hecho salir por odio, para hacerlos perecer en el desierto».   29  Ellos son tu pueblo, la heredad que tú sacaste de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso.